Cada día, al despertar,
encuentro mis ojos y mis manos
esperándome.
Cada día
sonidos y colores
salen a recibirme,
impecables.
Las fibras de los músculos
me reconocen
y se flexan, transparentes,
ante la orden amorosa
de la primera caricia.
Cada día
las cuerdas vocales me obedecen
cuando saludo a mi amada
con un beso
y un “buenos días”.
Autor: Anónimo